Por: Jan Charlie
El Partido Revolucionario Institucional (PRI), alguna vez una fuerza dominante en la política mexicana, se encuentra en una encrucijada crítica. Alejandro Moreno, actual presidente del partido, parece estar cavando la tumba del PRI con cada decisión que toma. Su reelección podría ser la sentencia de muerte para el partido, similar a lo que ha ocurrido con el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que ha visto una disminución constante en su relevancia política.
La reciente amenaza de expulsión de prominentes líderes priistas como Dulce María Sauri Riancho, Manlio Fabio Beltrones, Enrique Ochoa, Pedro Joaquín Coldwell y Francisco Labastida Ochoa, todos ex presidentes del partido, es un claro indicio de la estrategia autodestructiva de Moreno. Al apuntar a figuras críticas, Moreno no solo erosiona la unidad interna del PRI, sino que también socava la credibilidad y el legado de aquellos que han contribuido significativamente a la historia del partido.
Particularmente preocupante es la acusación de Moreno contra Manlio Fabio Beltrones, con el asesinato del candidato presidencial del PRI en 1994, Luis Donaldo Colosio Murrieta. Estas afirmaciones, sin duda controvertidas y divisivas, han sido vistas por muchos como un intento de desviar la atención de sus propios fracasos y mantener un control férreo sobre el partido. Luis Donaldo Colosio Riojas, hijo del asesinado candidato, ha señalado que Moreno sigue lucrando con la tragedia de su padre, transformando un evento trágico y significativo en una herramienta política.
La decisión de Moreno de mantenerse en el poder dentro del PRI ha generado un descontento generalizado entre la militancia y los simpatizantes del partido. La reciente conferencia de prensa, encabezada por Moreno el 8 de julio, mostró claramente las tensiones internas, especialmente con el desaire hacia Carolina Viggiano, Secretaria General del CEN del PRI. Este incidente subraya la creciente división y descontento dentro del partido.
El PRI, fundado en 1929 y gobernante de México durante setenta años consecutivos, ha experimentado una transformación ideológica a lo largo de su historia. Desde sus inicios con ideales de izquierda hasta su reencarnación neoliberal en la década de 1980, el partido ha sabido adaptarse a las cambiantes dinámicas políticas del país. Sin embargo, la actual crisis de liderazgo amenaza con desmantelar estos esfuerzos.
En las elecciones presidenciales de 2018, el PRI quedó como la tercera fuerza política nacional, recibiendo solo el 13% de los votos. Este declive es un reflejo de la pérdida de confianza y relevancia del partido en el escenario político mexicano. A pesar de contar con 69 diputados federales y 12 senadores en la LXV legislatura del Congreso de la Unión, y de gobernar en Coahuila y Durango, el futuro del PRI es incierto.
Si Alejandro Moreno persiste en su reelección y continúa con su estrategia divisiva, el PRI podría seguir el camino del PRD, convirtiéndose en un partido irrelevante y desarticulado. La historia del PRI es rica y compleja, pero su futuro depende de la capacidad de sus líderes para unificar y revitalizar el partido, en lugar de perpetuar conflictos internos y amenazar con expulsiones a voces críticas. La tumba del PRI está siendo cavada, y solo un cambio de rumbo puede evitar que caiga en el olvido político.
