martes, abril 21, 2026
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Cuando la agresión tiene distinto peso según quién la sufre

Por: Jan Charlie

En México, la violencia contra las mujeres es un fenómeno tan cotidiano que, incluso cuando alcanza a figuras públicas de alto perfil, revela más sobre el país que sobre las víctimas.

En pocas semanas, dos mujeres muy distintas Claudia Sheinbaum, presidenta de la República y Grecia Quiroz, alcaldesa de Uruapan, fueron objeto de agresiones provenientes de hombres, ambas mandatarias desde lugares institucionales diferentes exhiben una dolorosa verdad, la violencia no distingue jerarquías, pero las consecuencias sociales y políticas sí.

La más reciente es la de Grecia Quiroz, quien llegó a la alcaldía tras el asesinato de su esposo, Carlos Manzo, desde entonces vive bajo una presión excepcional amenazas, señalamientos y un duelo convertido en responsabilidad pública.

Pues cuando Gerardo Fernández Noroña la atacó verbalmente llamándola “fascista”, “ambiciosa”, “irresponsable”, lo hizo desde una posición de poder protegida por fuero y por una tribuna política en la que la descalificación es moneda corriente.

Los señalamientos no fueron una crítica política cualquiera, sino ataques que tocaron fibras sensibles, su duelo, su legitimidad, su papel como mujer en un cargo históricamente negado; ese tipo de lenguaje coincide con patrones reconocidos de violencia política de género, desacreditar por condición de mujer, cuestionar su capacidad, aludir a su vida personal o insinuar que actúa desde la manipulación emocional.

Pero lo más contundente es esto, no hubo sanción inmediata, ni legal ni política; quien agrede desde el fuero se mueve en una zona gris, pues… tiene derecho a decir “lo que quiera”, aunque lo que diga reproduzca violencias que el Estado asegura combatir.

En contraste, Claudia Sheinbaum fue víctima de acoso sexual en plena vía pública, donde un hombre la tocó, la manoseó e intentó besarla, la diferencia fundamental no está solo en la naturaleza de la agresión física y directa sino en la respuesta institucional, su agresor fue detenido de inmediato.


Se presentó una denuncia, hubo solidaridad transversal, voces de la oposición y de Morena coincidieron en la consigna, “no estás sola”, hasta las voces del Congreso de Michoacán se levantaron a través de la Presidenta Giulianna Bugarini Torres quien interpuso una denuncia por violencia de genero ante la Fiscalía General del Estado luego de las agresiones que sufrió en redes socio digitales basadas en la vestimenta que utilizó en un evento oficial, pero esta vez, no levantó la voz en apoyo a su paisana michoacana.

Volviendo a Sheinbaum, es significativo que la imagen más poderosa de ese día no fue la detención del agresor, sino la reacción social, si la presidenta de México puede ser acosada como cualquier mujer en la calle, ¿qué queda para quienes viven esa violencia diariamente sin cámaras ni escoltas?

Los casos de Sheinbaum y Quiroz exponen un contraste incómodo; cuando la violencia es física y el agresor es un ciudadano común, el Estado reacciona con detención, condena pública y respaldo institucional.

Cuando la violencia es simbólica, verbal y viene de un hombre con poder, el Estado calla; la agresión se diluye entre fueros, discursos y justificaciones.

La pregunta que surge no es quién sufrió más, sino quién obtuvo justicia, y ese contraste es revelador.

El núcleo del problema es que México vive una paradoja pues castiga al agresor sin poder, pero tolera, incluso normaliza la violencia ejercida desde el poder.

El hombre que acosó a Sheinbaum está en prisión preventiva, el hombre que violentó verbalmente a Quiroz está blindado por el fuero y por un modelo político que confunde libertad de expresión con impunidad discursiva.

Claudia Sheinbaum y Grecia Quiroz representan dos caras de una misma moneda, mujeres que enfrentan violencias ejercidas por hombres, pero cuyos agresores reciben respuestas completamente distintas según el peso político que cargan.

Y esa es la gran contradicción, en México, la igualdad ante la ley todavía depende del tamaño del cargo… no del tamaño de la agresión.

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