viernes, mayo 29, 2026
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Morena y el miedo a que México una los puntos

La sesión de este martes en la Cámara de Diputados dejó mucho más que un intercambio de acusaciones entre oposición y oficialismo. Lo ocurrido en tribuna evidenció el nivel de polarización política que atraviesa el país, pero también reflejó un sentimiento cada vez más extendido entre millones de mexicanos: la indignación frente a una violencia que parece haberse normalizado.

El diputado Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla convirtió su intervención en una ofensiva frontal contra Morena y contra lo que definió como un sistema político sostenido por la impunidad, el control institucional y el miedo a que la sociedad “empiece a unir los puntos”.

El legislador acusó al oficialismo de recurrir constantemente a “cortinas de humo” para distraer la conversación pública cada vez que estallan escándalos relacionados con inseguridad, narcoviolencia o presuntos vínculos políticos con el crimen organizado. Según su planteamiento, mientras el país enfrenta fosas clandestinas, asesinatos y territorios dominados por grupos criminales, el gobierno insiste en centrar la discusión en el control del Poder Judicial y la disputa política.

Pero el momento más delicado y explosivo del discurso llegó cuando señaló directamente al diputado morenista Leonel Godoy Rangel, a quien llamó “asesino” desde la tribuna legislativa. El señalamiento encendió la tensión en el pleno y colocó nuevamente a Godoy Rangel en el centro de la confrontación política nacional.

La acusación no fue aislada. Formó parte de una narrativa mucho más amplia construida por el legislador opositor: la idea de que Morena dejó de ser un movimiento político para convertirse en una estructura cerrada de poder, donde —según sus palabras— prevalecen los intereses familiares, la protección mutua y la construcción de una nueva élite política.

Gutiérrez Mancilla también dirigió parte de sus críticas hacia Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente López Obrador, a quien calificó como “el príncipe heredero del narcopacto”, en una expresión que sintetiza el tono confrontativo que domina hoy el debate público en México.

Más allá de la dureza verbal, el discurso exhibe una realidad incómoda para todos los actores políticos: la seguridad pública se ha convertido en el principal punto de desgaste para el gobierno federal y para Morena. Las imágenes de fosas clandestinas, madres buscadoras y comunidades atrapadas por la violencia han erosionado el discurso oficial de estabilidad y transformación.

El problema de fondo es que la sociedad mexicana parece haber entrado en una etapa distinta. Ya no se trata solamente de críticas partidistas o confrontaciones legislativas. Existe un creciente hartazgo ciudadano frente a la violencia, la impunidad y la percepción de que el poder político vive desconectado de la realidad cotidiana.

La frase final del diputado opositor resume precisamente ese clima social: “No hay propaganda que tape a un país que está en llamas”.

Y quizás ahí está el verdadero fondo del debate. No en el escándalo parlamentario, ni en los insultos desde tribuna, sino en la pregunta que comienza a instalarse en la conversación nacional: ¿cuánto tiempo más podrá sostenerse el discurso político frente a una realidad marcada por el miedo, la violencia y la desconfianza?

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