Por: Jan Charlie
Se acabó el Mundial para México. Se apagaron los cánticos en las plazas, las reuniones frente al televisor, las banderas ondeando en las calles y esa ilusión colectiva que, por unas semanas, hizo olvidar las diferencias y preocupaciones de todos los días.
El fútbol volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: unir a un país entero detrás de un mismo sueño. Durante los últimos días, las conversaciones dejaron de girar en torno a la violencia, la inflación, la incertidumbre económica o los problemas políticos. Todo se redujo a un balón, a un gol y a la esperanza de que esta vez la historia fuera diferente.
Pero el silbatazo final también marca el regreso a la realidad.
La eliminación de la Selección Mexicana no sólo significa el fin de un torneo. Significa despertar de un paréntesis emocional. Hoy los titulares ya no hablan únicamente del Mundial; vuelven a ocupar espacio la inseguridad que sigue cobrando vidas, las carreteras bloqueadas por la violencia, las familias que buscan a sus desaparecidos, los hospitales con carencias, la inflación que sigue golpeando el bolsillo y la incertidumbre política rumbo a las decisiones que definirán el futuro del país.
Durante varias semanas, México vivió una pausa. Una pausa necesaria para celebrar, emocionarse y creer. Nadie puede reprocharle a una sociedad que encuentre en el deporte un respiro frente a una realidad tan compleja. El problema aparece cuando ese entusiasmo termina y descubrimos que ninguno de los grandes pendientes desapareció mientras rodaba el balón.
El Mundial dejó imágenes inolvidables y una afición que volvió a demostrar por qué es una de las más apasionadas del planeta. También recordó que los mexicanos somos capaces de unirnos cuando existe una causa común. La pregunta es por qué esa misma unidad parece imposible cuando se trata de exigir mejores condiciones de vida, instituciones más fuertes o un país más seguro.
Se acabó el Mundial para México. La Selección regresó a casa, pero millones de mexicanos nunca dejaron la cancha más difícil: la de enfrentar cada día la inseguridad, los bajos salarios, la falta de oportunidades y la incertidumbre sobre el futuro.
El balón dejó de rodar. La realidad, en cambio, nunca dejó de hacerlo.
