Por: Jan Charlie
Por encima de las cifras, un informe de gobierno debe responder una pregunta elemental: ¿está viviendo mejor la gente?
El Segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum presenta un México de avances, estabilidad y resultados. Hay cifras para casi todo: inversión extranjera, crecimiento económico, programas sociales, hospitales, empleos, vivienda, carreteras y una reducción histórica de los homicidios. El mensaje es claro: el gobierno tiene rumbo y los resultados están a la vista.
Pero un informe también se mide por lo que decide no contar.
La seguridad, por ejemplo, se presenta con una reducción del 51 por ciento en homicidios, además de detenciones, decomisos de armas y drogas y laboratorios desmantelados. Son datos importantes. Pero ¿qué ocurre con las desapariciones? ¿Con la extorsión? ¿Con la impunidad? ¿Con las familias que siguen buscando a sus desaparecidos?
En salud, el informe presume hospitales, quirófanos y millones de visitas domiciliarias. Pero construir infraestructura no es lo mismo que garantizar una atención médica oportuna. La pregunta inevitable es: ¿cuántos mexicanos esperan menos, reciben sus medicamentos y obtienen una atención de mayor calidad?
En educación ocurre algo parecido. Se destacan becas, planteles, universidades y nuevos espacios para estudiantes. Pero la educación no puede medirse únicamente por cuántos jóvenes reciben una beca o cuántas aulas se construyen. También importa saber qué están aprendiendo y qué oportunidades tendrán al terminar sus estudios.
En economía, el discurso presume una inversión extranjera récord, crecimiento del PIB y un peso fuerte. Sin embargo, para una familia, los indicadores macroeconómicos adquieren sentido solamente cuando se traducen en empleo, mejores ingresos, vivienda accesible y capacidad para llegar a fin de mes.
Y hay otra ausencia que llama la atención: la rendición de cuentas sobre aquello que sigue pendiente.
Un gobierno no debería ser evaluado únicamente por las metas alcanzadas, sino también por las promesas incumplidas, los problemas que persisten y los costos de las decisiones tomadas.
El informe habla de honestidad y de “buenas cuentas”. Precisamente por eso, la ciudadanía tiene derecho a preguntar por las cuentas que no aparecen, por los resultados que no se midieron y por los problemas que quedaron fuera del discurso.
Porque un país no mejora solamente porque el gobierno presente mejores cifras. Mejora cuando esas cifras se convierten en una vida más segura, saludable, digna y próspera para sus ciudadanos.
El Segundo Informe nos dice mucho sobre lo que el gobierno quiere que veamos. Ahora corresponde a la sociedad preguntar por lo que quedó fuera de la fotografía.
