Por: Jan Charlie
En 2026, el liderazgo político de las mujeres no se evaluará por resultados, porque todavía no existen. Se evaluará por expectativas, por promesas presupuestales y por un hecho incómodo: más de 221 millones de pesos aún no se ejercen, pero ya exhiben profundas desigualdades entre los partidos políticos.
El Instituto Nacional Electoral ha determinado que los seis partidos nacionales deberán destinar el tres por ciento de su financiamiento ordinario a la capacitación, promoción y desarrollo del liderazgo político de las mujeres. Es un mandato legal, sí, pero por ahora es solo eso: una obligación futura, no una política ejecutada.
Lo que sí es inmediato es la disparidad. Morena será el partido que más recursos reciba, con 78.4 millones de pesos, mientras que el Partido del Trabajo contará apenas con 20.1 millones. Entre ambos extremos quedan el PAN con 38.9 millones, el PRI con 29.4 millones, Movimiento Ciudadano con 29 millones y el Partido Verde con 24.9 millones. La diferencia entre el que más obtiene y el que menos es de casi 60 millones de pesos.
Aquí surge la contradicción central: la paridad es obligatoria para todos, pero el dinero para impulsarla no lo es. Todas las mujeres, sin importar el partido al que pertenezcan, enfrentan las mismas barreras estructurales para acceder al poder político. Sin embargo, no todas contarán con las mismas condiciones para superarlas. La igualdad se exige por igual; el respaldo presupuestal no.
La justificación es técnica: el financiamiento se asigna conforme al tamaño y fuerza electoral de cada partido. Pero esa lógica reproduce, incluso en una política de igualdad, las mismas asimetrías del sistema político. Se parte de una premisa cuestionable: que el liderazgo político de las mujeres vale más donde el partido es más grande y menos donde es más pequeño.
El riesgo es doble. Para los partidos con mayores montos, la tentación de la simulación es enorme: gastar sin transformar, cumplir en papel y fallar en resultados. Para los partidos con menos recursos, el peligro es usar la escasez como coartada para la inacción. En ambos casos, las mujeres quedan atrapadas entre el discurso de la paridad y la realidad de estructuras que cambian poco.
Aún no se ha gastado un solo peso, pero el diseño ya anticipa el problema. Si en 2026 no hay liderazgos femeninos más fuertes, más visibles y con mayor capacidad de decisión, no será porque faltó dinero, sino porque la paridad volvió a tratarse como un requisito administrativo y no como una transformación política real.
El liderazgo político de las mujeres no necesita promesas futuras ni porcentajes bien intencionados. Necesita voluntad, rendición de cuentas y resultados. Lo demás —incluso 221 millones de pesos— puede quedarse, una vez más, en el terreno de la simulación.
