Por: Jan Charlie
Memoria, generaciones y las historias que desaparecen… Hay algo extraño y silencioso ocurriendo frente a nosotros; el mundo cambia tan rápido que las nuevas generaciones comienzan a vivir sobre ruinas invisibles.
No hablo solamente de edificios viejos o costumbres antiguas, hablo de recuerdos completos, formas de vivir, lugares y experiencias que desaparecen sin dejar casi rastro.
Hace cuarenta años, muchos pueblos y ciudades de México tenían ojos de agua, arroyos, chorros naturales donde la gente convivía, se bañaba y pasaba las tardes, eran parte normal de la vida cotidiana.
Hoy, muchos de esos lugares ya no existen, algunos fueron cubiertos por concreto, otros se secaron y otros simplemente quedaron olvidados, y lo más impactante no es únicamente la desaparición física, lo verdaderamente impresionante es cómo desaparece también la memoria.
Uno intenta contarles a sus hijos: “Aquí había un ojo de agua”. “Ahí nos bañábamos”. “En esta calle jugábamos trompo y canicas”, pero ellos observan el lugar actual y apenas pueden imaginarlo, porque para ellos ese mundo nunca existió, sus recuerdos comienzan en otra realidad.
Los niños de hoy crecieron con celulares, pantallas, internet y videojuegos… Para ellos es completamente normal vivir conectados digitalmente. Así como para generaciones anteriores era normal salir a jugar hasta que anocheciera.
No es culpa de nadie, es simplemente el paso del tiempo, y quizá ahí está una de las reflexiones más profundas sobre la memoria humana; basta una o dos generaciones para que una parte importante de la realidad desaparezca.
Lo que no se vive, se convierte en relato, lo que no se recuerda, termina pareciendo mito, por eso hoy muchas personas sienten fascinación por temas como los OVNIs, civilizaciones antiguas o historias perdidas, no necesariamente porque crean ciegamente en todo, sino porque entienden algo fundamental… la humanidad olvida.
Olvida rápido… Si en apenas cuarenta años desapareció de la memoria colectiva un simple chorrito de agua de barrio, ¿cuántas cosas habrán desaparecido en cientos o miles de años?
¿Cuántas historias reales terminaron convertidas en leyendas? ¿Cuántos lugares existieron y nadie los recuerda ya? ¿Cuántas costumbres murieron junto con quienes las vivieron?
Vivimos creyendo que internet conservará todo para siempre, pero incluso hoy, la información se pierde, las plataformas desaparecen, los formatos cambian y millones de recuerdos quedan enterrados entre algoritmos y exceso de contenido.
La memoria humana siempre ha sido frágil, y quizá el verdadero “reseteo” de la historia no ocurre por conspiraciones gigantescas ni eventos apocalípticos, tal vez ocurre de manera mucho más simple; cuando una generación deja de contar.
Porque el día que nadie recuerde cómo era ese ojo de agua, ese lugar habrá muerto por completo, no físicamente, sino en algo todavía más importante… la memoria.
