Carlos Loret de Mola A.

Parece que el presidente López Obrador entiende el ejercicio del poder como un incesante suministro de palabras. Estamos frente a un presidente que ha optado por sustituir la acción por la palabra, remplazar los hechos con frases, apostar a que se olvide la realidad al tratar de sustituirla con pura percepción alimentada desde una colección de frases cortas que se vuelven comunes a fuerza de repetirlas.

Es un gobierno de pura lengua.

El presidente Andrés Manuel López Obrador habla despacio, pero no para de hablar: de dos a tres horas en las conferencias mañaneras de lunes a viernes, luego algún discurso, más que se le ocurre lanzar algún video, súmele en fin de semana los mítines y de nuevo los videos de redes sociales.

Tenemos un presidente adicto a hablar pero no a escuchar, enamorado de su filosofía pero incapaz de cautivarse por ideas ajenas, que se considera tan importante que cualquier cosa que le pase por la cabeza debe quedar en el registro histórico. Así, endiosado, le sobran ‘evangelistas’ para ir relatando paso a paso sus disparates y elevarlos a la categoría de palabra sagrada.

En este imperio de la saliva, desfilan cursilerías como los Municipios de la Esperanza, el Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado, los Decálogos, las 100 acciones, los cuatro informes anuales, el apellido Bienestar para un puñado de instituciones, Sembrando Vida, Jóvenes Construyendo el Futuro y, claro, la Cuarta Trasnformación. Para opositores y críticos se han contado 88 variedades de floridos insultos.

El presidente prometió tres cosas muy sencillas para conquistar a los electores: acabar con la corrupción, acabar con la inseguridad y mejorar la economía. Un año y medio más tarde, no está ni cerca de cumplir con ninguno de estos compromisos, pero no importa, porque el presidente dice que ya lo logró.

Entonces, en la unilateral sustitución de la realidad por el dicho presidencial, “ya se acabó la corrupción”. No importa que el INEGI registre más actos de corrupción en su primer año de gobierno que en el último del impresentable Peña Nieto. No importan Bartlett, Zoé Robledo, Napito, Segalmex…

También dice que ya va bajando la inseguridad. Los datos oficiales, emanados de su propio gobierno, revelan que durante el corto tramo que lleva en Palacio se han roto los récords de asesinatos. Y de Ovidio, ni hablar.

En economía, su fracaso ha sido tal que ha mejor planteado dejar de prestar atención a la medición del crecimiento del Producto Interno Bruto y empezar a medir la felicidad, el bienestar, el desarrollo.

Y así, con la misma soltura de quien miente con aplomo, afirma que ya domó la pandemia.

Quizá el clímax del ‘AMLO verbocrático’ sucedió este fin de semana cuando, en medio de la histórica pandemia que arrasará en lo humanitario y en lo económico, el presidente lanzó su ‘decálogo’ para salir del problema: ni una medida extraordinaria de apoyo económico para la población más golpeada, ni una medida en salud para realmente aplanar la curva de contagios, ni una política pública para salir del hoyo. En cambio, ofreció una verborrea que no sé si ubicar como la de un motivador novato, un predicador de madrugada televisiva o un desganado merolico de remedios caseros.