La noche de los muertos vivientes fue una película estadounidense realizada en el año de 1968 (de las primeras en ese género) en donde la trama principal, se centro en cómo un grupo diverso de personas, intentan sobrevivir en una granja que parece encontrarse aislada, después de qué por razones inexplicables, personas muertas vuelven a la vida, por causas desconocidas. Es lo que llaman un apocalipsis zombi.

Es una película qué hasta el día de hoy, sigue influenciando de manera notable, el género de las películas de terror que tienen relación con zombis. En fin, con un origen fantasioso, místico y lúgubre, hombres pertrechados con fusiles y armas, deciden deshacerse de todos los muertos vivientes que encuentran a su paso.

A muchos no les gusta el cine de terror, ni mucho menos este tipo de subgéneros, pero ciertamente, lo que no queremos ver o lo que nos disgusta, en ocasiones, ya sea de manera directa, implícita o con medios subliminales nos dejan mensajes crudos qué por ser así, preferimos evitarlos como una cuestión de protección. Es así como en esta película el director opto en mostrar un progresivo colapso de la sociedad qué sin ser su principal pretensión, mostraba la alienación de las personas.

En la tragicomedia de México llamada vida política, existen y resisten muchos muertos vivientes; lideres sindicales, intelectuales venidos a menos, pseudopolíticos y personajes que discurren en la vida pública y social de nuestra sociedad.

Ricardo Anaya Cortés, el abogado y político mexicano, militante del Partido Acción Nacional, candidato a la presidencia de la república vuelve a la vida. Hace un par de días, mediante un video, el ciudadano anunció que regresa a la vida pública, en virtud del desastre del gobierno del presidente López Obrador.

Por medio de un mensaje difundido en las redes sociales, señalo qué ante la falta de soluciones y los problemas acumulados, es preciso encontrar un rumbo y por supuesto, alguien que si tenga a la mano todas las soluciones. Con esto nos dice, que el es el elegido, el gran redentor que viene a poner orden.

En tanto, algunos miembros notables del PAN no vieron con buenos ojos su supuesta gallardía, ya que de sus propias palabras exclamaron que se quedo corto en sus errores “le falto humildad”. En lo particular creo, que esa “humildad” que precede a Anaya, fue la que dejo a su partido dividido y hundido: además, por como se condujo, muchos militantes abandonaron el barco azul.

Por otra parte, se cura en salud al anticipar que vendrán ataques en su contra, pero esas mismas batallas ya marcan dos frentes; el primero, al interior del partido por los muertos políticos que dejo a su paso y el segundo, el primer dardo que lanzo la administración federal, por salir entre 70 personas presuntamente implicadas en el caso Odebrecht. Ya puso manos a la obra la Unidad de Inteligencia Financiera.

Con una fractura social dentro y fuera del debate público, Anaya como un muerto viviente y recordando con anhelo lo que quiso ser, tratando de reconstruir los pocos amigos y sus fatuas alianzas, camina por los senderos de un México que ya comienza a pensar distinto; en donde el reciclaje ya no sirve ni para composta.

Nos encontramos en un país donde la oposición no es oposición, donde los frentes en contra del Presidente no tienen forma ni fondo _solo dinero y mucho_. De secreto en secreto y de desviación en desviación, miro con incertidumbre y desdén todo lo que hoy se ufane de llamarse oposición. Me gustaría que la hubiera, pero una real, propositiva y constructiva y no una que hoy, cada tiempo que hay elecciones, saque del cajón de los muertos vivientes, a los candidatos de siempre, sí, aquellos que el que busque un fúsil con un par de balazos, o que va, con honda y piedra,  lo debilita para ganar una elección.

VANGUARDIA