El concepto de Desarrollo Humano tiene origen en el pensamiento clásico y, en particular, en las ideas de Aristóteles, quien razonaba que el sentido y fin de todo desarrollo es lograr el perfeccionamiento de todas las capacidades humanas. Tal precisión asocia al desarrollo directamente con los patrones sociales e individuales, de manera que su impulso representa uno de los grandes desafíos del mundo actual.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sitúa a las personas en el centro del desarrollo y, de forma específica, impulsa la mejora personal, familiar y social, de modo que dichos niveles de organización humanística incrementen sus posibilidades de vivir con autonomía.

Es decir, el PNUD define hoy al Desarrollo Humano, no sólo como un proceso de expansión de las capacidades individuales, sino también como una forma de medir la calidad de vida en el medio en que se desenvuelven las personas, y una variable fundamental para la calificación de una región o país.

Cabe recordar lo que decía Amartya Sen (filósofo y economista bengalí, Premio Nobel de Economía en 1998) al respecto: “El desarrollo es un compromiso trascendental con las posibilidades de la libertad