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Trabajadoras del hogar identifican 17 formas de violencia laboral contra ellas

Las empleadas del hogar están expuestas a agresiones físicas, psicológicas, económicas, laborales y sexuales que se expresan de maneras típicas, dice la activista Marcelina Bautista.

“Dice que nunca había conocido a alguien tan lenta como yo. A lo mejor sí lo soy”. Lucila Mendoza Hernández ha querido renunciar, pero su esposo le dice que aguante, que en todos lados es así. Marcelina Bautista, líder del movimiento de las empleadas del hogar, y sus compañeras identificaron 17 expresiones de violencia que padecen en el ámbito laboral.

“Las trabajadoras del hogar comúnmente padecen violencia psicológica, física, emocional, económica, laboral y sexual”, pero sus manifestaciones son diversas y, al mismo tiempo, típicas contra quienes se dedican al empleo doméstico, explica la defensora de derechos humanos en entrevista.

En 2019, en Ginebra, Suiza, la Conferencia General de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) discutía la creación del Convenio 190 sobre la violencia y el acoso. Al debate, el Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH), que fundó y dirige Bautista, llegó con un estudio que mostraba de qué manera las trabajadoras reciben agresiones.

Previo a la conferencia, “se hablaba de todo tipo de trabajos” y de las violencias que se ejercen en oficinas, o negocios, “menos de la que ocurre al interior de las casas, con las familias, que es donde nosotras laboramos. Teníamos que llegar preparadas para que entendieran cómo ocurre”.

En consultas, mesas de trabajo y diálogos, trabajadoras de Ecuador, Colombia, Honduras, Guatemala y México pudieron reconocer violencias que pueden ir desde el tono en el que les hablan, las palabras que les dicen, hasta las violaciones sexuales. Lucila Mendoza, madre de un par de gemelos de 5 años, llama “humillación” a lo que recibe día tras día en su empleo.

“Cuando limpio el cuarto y el señor o la señora quieren entrar, me dicen: ‘ya, ya, vete de aquí’. El otro día estaba trapeando la sala, el señor estaba en la cocina y le llamaron a su celular”, ambas piezas están divididas sólo por una barra. El hombre contestó y ella siguió trabajando hasta que él la increpó: “’¿Lu, no piensas darme privacidad? Vete’. Me lo dijo en una forma tan grosera, como si yo quisiera oír lo que hablaba”, cuenta en entrevista.

Las horribles expresiones de violencia

En las reuniones que hizo cada país, dice Marcelina Bautista, primero definieron cuál es su lugar de trabajo que, a diferencia de otros lugares, éste no sólo es privado, sino íntimo, pues se trata de hogares. “Encontramos que muchos países, por eso mismo, no reconocían las agresiones contra las trabajadoras como violencia laboral”.

Las agresiones sexuales fueron de las más mencionadas. “Contaron diferentes anécdotas, pero siempre eran los patrones acosando, amenazando, aprovechándose”.

La extensa jornada de trabajo, a veces de 16 horas, además de violar su derecho al descanso y a las ocho horas reglamentarias, es una forma de violencia, dice. La forma en la que les ordenan hacer las tareas es otra de ellas.

El que no les otorguen seguridad social, la explotación infantil —niñas cuidando de otros niños, subraya— y acusaciones de robo para despedirlas sin liquidación, comunes.

“Es violencia la desvalorización social y económica que le dan a nuestro trabajo, cuando gracias a esto las señoras trabajan, general riqueza, destacan en lo que hacen. Pero nosotras somos cero, somo nada”.

Recapitular todas estas agresiones fue difícil, recuerda. “Pero lo teníamos que hacer para que se entienda la importancia” de crear un convenio internacional contra la violencia laboral.

“Nos dicen indias, no sabes nada, lo único que saben es limpiar, muertas de hambre. Son muchas las formas en las que nos insultan y se siente como una violación a la integridad, las trabajadoras se quedan lastimadas y terminan renunciando”.

Es tiempo de irse

El trabajo de Lucila Mendoza es de planta, en Huixquilucan, Estado de México, un municipio de población de clase media, o media alta. Entra los lunes y sale el sábado a medio día, gana 10,000 pesos al mes y está afiliada al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Atiende al matrimonio, dos perros y a las constantes visitas familiares.

La contrataron en enero de este año y al principio todo parecía perfecto, dice. Un trabajo en pandemia, cuatro meses después de su último empleo que era de entrada por salida y, además, con seguridad social que ha podido extender a sus hijos y su esposo albañil, “¡claro que acepté!”. Pero todo eso no vale todos los maltratos, comienza a pensar.

A inicios de 2020, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reportaba a más de 2.4 millones de trabajadoras del hogar. Para junio de ese año, una tercera parte se quedó sin trabajo y de manera lenta lo han podido recuperar. En julio de este 2021, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) reportó poco más de 2.3 millones de personas en esta labor.

La gran mayoría de “sufre hostigamiento laboral y acoso sexual en sus lugares de trabajo, pero muy pocas lo denuncian” por temor a perder el trabajo, dice Marcelina Bautista.

El 95% de las trabajadoras no cuenta con un contrato por escrito, y eso es una puerta de entrada para que se les violen muchos otros derechos, apuntó en un foro convocado en el Senado sobre hostigamiento sexual en el ámbito laboral, el cual fue realizado la semana pasada.

El encuentro fue convocado para impulsar la ratificación del Convenio 190 de la OIT. Para que eso suceda, el gobierno federal debe pedirle a esa Cámara Alta que lo valide. Pero la postura de las empresas, que no lo apoyan totalmente, podría atrasar el trámite.

Marcelina Bautista espera que la ratificación de este documento no tarde tanto como la del Convenio 189 sobre de las trabajadoras del hogar, el cual fue creado en 2011 y avalado hasta 2019. Este pacto le daría más herramientas de defensa, subraya.

Sólo una vez Lucila Mendoza ha podido responder a las agresiones. “La señora dijo que algo apestaba y empezó a oler hacia donde yo estaba parada y se me quedó viendo. Me dieron ganas de llorar y le dije que eso era muy grosero, que no se le hacía a la gente y que yo me baño diario”. La mujer le advirtió que hay muchas personas desempleadas, “si no te gusta mi forma de ser, te puedes ir”.

El trabajo para su esposo había escaseado, pero en los últimos meses se ha ido recuperando un poco, dice. Su mamá cuida a sus hijos en el día y, aunque en las noches el papá de los gemelos va por ellos, “ya está grande y está cansada”. Tal vez sea tiempo de salir de ahí.

EL ECONOMISTA

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