Por: Jan Charlie
Una vez más, el país presencia un guion que se repite con preocupante frecuencia: protestas anunciadas, bloqueos ejecutados, afectaciones generalizadas… y una respuesta gubernamental que oscila entre la paciencia institucional y la aparente sordera política.
El llamado “megabloqueo” no paralizó completamente al país, es cierto, pero ese no es el punto, tan solo bastaron cierres parciales, horas de incertidumbre y afectaciones en carreteras clave para golpear a quienes, como siempre, no son parte del conflicto; ciudadanos comunes, trabajadores, pequeños comerciantes, siempre, los terceros que terminan pagando los costos de una disputa que no les pertenece.
El gobierno federal ha insistido en que existe diálogo, que hay mesas de trabajo y que las demandas están siendo atendidas, sin embargo, la percepción en la calle es otra, porque cuando las soluciones no son visibles, cuando los problemas persisten, como la inseguridad en carreteras, condiciones adversas para el campo, el discurso institucional pierde fuerza frente a la realidad cotidiana.
La postura oficial de no ceder a intermediarios y entregar apoyos directos puede tener lógica administrativa, pero en la práctica, esa rigidez también puede interpretarse como falta de sensibilidad política, pues Gobernar no es solo administrar recursos, es también desactivar conflictos antes de que escalen y, sobre todo, evitar que la ciudadanía quede atrapada en medio.
Aquí es donde la paciencia del gobierno empieza a jugar en su contra, esperar, dialogar, sostener la narrativa… mientras los bloqueos ocurren, puede ser políticamente correcto, pero socialmente costoso, porque cada hora de cierre, cada trayecto interrumpido, cada mercancía detenida, suma a un desgaste que no aparece en los comunicados oficiales.
Y al final surge la pregunta inevitable, ¿se resolverá el conflicto? Probablemente sí, tarde o temprano, y el gobierno encontrará una salida, los manifestantes obtendrán alguna respuesta, quizá no todo… pero algo, y el país seguirá adelante, pero el daño ya estará hecho.
Porque en México, una vez más, pagan los mismos de siempre, los que no bloquean, los que no negocian, los que no deciden, los que solo intentan llegar a su destino.
Y en ese equilibrio frágil entre gobernar con firmeza y escuchar con oportunidad, el costo de la demora lo sigue absorbiendo la sociedad… en fin Pinche Gobierno.
